domingo, 10 de febrero de 2019

4 poemas de Jorge Teillier








NIEVE NOCTURNA


¿Es que puede existir algo antes de la nieve?
Antes de esa pureza implacable,
implacable como el mensaje de un mundo
que no amamos, pero al cual pertenecemos
y que se adivina en ese sonido
todavía hermano del silencio.
¿Qué dedos te dejan caer,
pulverizado esqueleto de pétalos?
Ceniza de un cielo antiguo
que hace quedar solo frente al fuego
escuchando los pasos del amigo que se fue,
eco de palabras que no recordamos,
pero que nos duelen, como si las fuéramos a decir de
nuevo.
¿Y puede existir algo después de la nieve?
Algo después
de la última mirada del ciego a la palidez del sol,
algo después
que el niño enfermo olvida mirar la nueva mañana,
o mejor aún, después de haber dormido como un
convaleciente
con la cabeza sobre la falda
de aquella a quien alguna vez se ama.
¿Quién eres, nieve nocturna,
fugaz, disuelta primavera que sobrevive en el cerezo?
¿O qué importa quién eres?
Para mirar la nieve en la noche hay que cerrar los ojos,
no recordar nada, no preguntar nada,
desaparecer, deslizarse como ella en el visible silencio.

-

CHIQUILLA


Del árbol de la tarde cereza o manzana eres.
Tu delantal a cuadros vibra azul en el patio.

Bella durmiente triste, vigilada por rosas,
¡qué sola está la casa cuando cierras los ojos!

Tu cabellera cae rumorosa de lluvia
¿te la entregó algún otoño luminoso?

Los trenes de la infancia te dejan de regalo
un canasto con humo de añejas primaveras.

Tú eres tan pequeña que el viento se hace niño
para jugar contigo, igual que con la avena.

Para soñarte miro un vaso de agua fresca
y te veo tan cerca que hasta olvido mirarte.

La luz se hace tu mano y abre las ventanas
y la noche va en busca de su traje de día.


-

LINTERNA SORDA


Un hombre verá cosas invisibles.
Cuando los deudos lo abandonen
y las canoas negras vengan desde el oeste,
cuando los deudos en secreto hayan dejado los panes
     redondos y sacrificado los caballos,
las hijas del guadahilos trndrán miedo
de ver pasar su ánima al atardecer
y los forasteros tendrán visiones que los harán gemir en
     sueños.
Un hombre, entonces, se desprende del peso del sol y
     de la luna.



-


CARTA A MARIANA

¿Qué película te gustaría ver?
¿Qué canción te gustaría oír?
Esta noche no tengo a nadie
A quien hacerle estas preguntas.

Me escribes desde una ciudad que odias
A las nueve y media de la noche.
Cierto, yo estaba bebiendo,
Mientras tú oías Bach y pensabas volar.

No creí que iba a recordarte
Ni creí que te acordarías de mí.
¿Por qué me escribiste esa carta?
Ya no podré ir solo al cine.

Es cierto que haremos el amor
Y lo haremos como me gusta a mí:
Todo un día de persianas cerradas
Hasta que tu cuerpo reemplace al sol.

Acuérdate que mi signo es Cáncer,
Pequeña Acuario, sauce llorón.
Leeremos libros de astrología
Para inventar nuevas supersticiones.

Me escribes que tendremos una casa
Aunque yo he perdido tantas casas.
Aunque tú piensas tanto en volar
Y yo con los amigos tomo demasiado.

Pero tú no vuelves de la ciudad que odias
Y estás con quién sabe qué malas compañías,
Mientras aquí hay tan pocas personas
A quien hacerles estas simples preguntas:

"¿Qué canción te gustaría oír,
Qué película te gustaría ver?
¿Y con quién te gustaría que soñáramos
Después de las nueve y media de la noche?"



**Jorge Teillier, Crónicas del forastero, Ediciones Colihue, 1999


Florcita silventre de mi hija en el libro de Teillier





3 poemas de Salvatore Quasimodo






YA ESTÁ AQUÍ LA LLUVIA


Ya está aquí la lluvia,
el aire agita silenciosa.
Las golondrinas rozan el agua mortecina
de los lagos lombardos,
vuelan como gaviotas sobre los peces pequeños;
el olor del heno trasciende el recinto de los huertos.

Un año más gastado,
Sin un lamento, sin un grito
destinado a vencer, de pronto, un día.



LA NOCHE DE INVIERNO

Y aún la noche de invierno
y la torre de la aldea, oscura de fragores,
y las nieblas que hunden el río,
y los helechos y las espinas. Oh compañero,
has perdido tu corazón: la llanura
no tiene más espacio para nosotros.
Aquí en silencio lloras por tu tierra
y muerdes el pañuelo de color
con dientes de lobo:
no despiertes al niño que duerme a tu lado
con los pies desnudos metidos en un pozo.
Nadie nos recuerde a la madre, nadie
nos cuente un sueño de hogar.


CASI UN MADRIGAL

El girasol se vuelve a Occidente
y ya precipita el día
en su ojo en ruina y el aire del estío
se adensa y ya curva las hojas y el humo
de los obrajes. Aléjase con correr
seco de nubes y chirriar de rayos
este último juego del cielo. Todavía,
y desde hace años, querida, nos detiene la mutación
de los árboles prietos en el cerco
de canales. Pero es siempre nuestro día,
y siempre aquel sol que desaparece
con el hilo de su rayo afectuoso.

No tengo ya recuerdos, no quiero recordar;
la memoria resurge de la muerte,
la vida no tiene fin. Cada día
es nuestro. Uno se detendrá para siempre,
y tú conmigo, cuando nos parezca tarde.
Aquí, al borde del canal, los pies
en subibaja, como de muchachos,
miramos el agua, las primeras ramas
en su color verde que se oscurece.
Y el hombre que en silencio se avecina
no esconde un cuchillo entre las manos,
sino un geranio.



** Salvatore Quasimodo, Obra completa, Sur Editorial 1959, Versión castellana de Franco Mogni.

martes, 29 de enero de 2019

1 poema más de Elizabeth Azcona Cranwell






DEL REENCUENTRO Y PERMANENCIA DEL AMOR


(Y nos hemos amado en otra
vida, ¿recuerdas?)


He debido soñar
      sobre este encuentro que aún no ocurre
      sin la memoria o algún descenso de los años.
      He debido entender en otro tiempo
      la razón de esta historia que se trepa
      en los rincones reconocidos de la luz:
      es un idioma ya sabido que sube hasta el lenguaje
      del que jamás nos hemos separado.

Y la médula canta con la voz del sudor,
      dentro del sueño la piel repite lo que apenas es rezo
      en el fondo del cuerpo.
      Y no es la duración ni lo que muere
      por las grietas del tiempo que cava en las raíces.

Se abren los cielos del pasado
      como caídos de una borrada noche
      reconocemos la temblorosa luz de una taberna,
      las preguntas de una avidez muy vieja
      mordida entre cerveza y ocio.

Algunas veces supimos de revelaciones
      un día, lejos, el peregrino habló:
      apenas reconocía piedras o algunos pájaros perdidos.
      Y las batallas del corazón no supieron sus señales de fuego.
      Su intención anunciaba la respuesta
      un mínimo aleteo de piedad
      que equivocaba el sol y disfumaba el día.

No es un orgullo que ha nacido
      ni un objeto fortuito en la belleza;
      toca a nuevo en las manos,
      sólo accede al destino desde una clara desnudez.

He debido soñar y es cosa cierta.
      La imprecisión suele ser generosa
      se parece, en el fondo, a los desórdenes del alma
      y no al negocio frío de la memoria, que se preserva y huye.


***


El rey hastiado de ajedrez y vino mira a la reina
      en su bello atavío y la desolación:
      la pregunta va al aire. Un cofre hermético es respuesta y silencio
      Y ese coro de voz lerda repica:
      "¿quién eres y qué aguardas en este amanecer donde el augur
      ha dicho su mensaje en los dados opacos que hablaron de infortunios y destierros?"


¿Hay dioses en la luz?
      ¿A qué regiones solas nos conduce el alma?
      Es un tráfico azul que apaga la ribera
      y preanuncia los días que vendrán.
      No busquemos en los textos sagrados ni en la corteza de los árboles,
      la memoria se gesta cuando nace la palabra amor
      como una biblia nueva regalada en las frases de los pájaros.

Todos llevamos el destino echado a nuestra espalda,
      su gravedad es ancla que nos suma a las voces terrestres
      hacia su cielo gestador de frutos y su fiesta de rosas;
      y aquí estamos, príncipe orlado por la ingratitud
      por tu misión de tributario ajeno y dulce
      sin una estrella que te pertenezca.
      Ah señor, qué deidades regresarán desde otra vida
      ¿y si mi pelo entristecido
      abre una ráfaga por la sed de tus manos
      como aquel verbo del principio
      cuando recién hacíamos preguntas al alba?

Yo he debido crearte con una voz articulada apenas como el agua,
       con signos como espinas entre pisadas de gaviotas,
       todo unido por prescindencia soberana de los enseres que sobornan el mundo.

El jadeo que convence a las lluvias
      con su seca garganta, ávida de rituales
      suprime todo canto de adiós,
      es la boca precisa del continente que renace.

Vuélvete, que hay algo de perdón en el aire
      y una chispa se trepa por las raíces azoradas
      si asesinas al pájaro para guardar el vuelo.
      ¡Vuélvete hacia el olvido, conjuga las palabras,
      ama y muere!
      Los gestos sobran en el candor, no merodes esa lengua remota
      la claridad incierta y verde,
      nada se narra en esa bruma de vocales.

Tu nombre:
      Aquel mosaico
      Y saber que habrá días altos e iguales al despertar,
      que el lugar es amigo.
      Días de junio heridos por la altura del frío,
      noches de azar y reconocimiento,
      sitios secretos de la piel.

Alguien transmuta soles, y el año es largo todavía,
      olvidamos la muerte en algún calendario de alegorías y viejos íconos
      Ciudad entre la niebla. El nacimiento nuevo la desplazó al silencio.

No hay espada, no hay viento que derribe los antiguos monosílabos,
ni castillos dorados donde el lugar sea suficiente
y no hay sitio candente para respirar
más que el humo violado entre mis manos,
ni lastima mi boca más que la mordedura de tu piel.
Es la plegaria purificadora,
ciudades donde éramos
un mandato, una luz, una caída.

      ¿Qué Dios extraño, enloquecido de silencio y belleza
                          fue responsable del amor?


**Elizabeth Azcona Cranwell, El mandato, Torres Agüero Editor, 1985

domingo, 20 de enero de 2019

3 poemas de Leopoldo Castilla






NIEBLA EN EL AMAZONAS


Adentro de la niebla
pasa el funeral de la jangada,
las ramas boqueando
y el río
que ya ni sabe qué será del agua.

Se llaman, sin oírse, las orillas.
EL barco
ya no piensa.
No respira
abismado
entre dos profundidades.

La selva está en la luna,
no vuelven en sí los árboles.

Nos lleva un alma.
Pasa el túnel vacío de la anaconda,
sin dónde el pájaro,
pasa el sueño, sólo el sueño, del caimán,

pasan los peces
                        como ángeles.



AÑO NUEVO EN SAN LUIS DE MARAÑON

Pena la de esa noche
oyendo el menesteroso golpe del oleaje
sin nadie que le abra las puertas,
el canto del cisne del mar
como si nunca pudiera llegar a nuestros ojos.

En la costa estallaban los fuegos artificiales
hasta el fin de la fiesta
cuando se alejaban los hombres
alumbrados por sus tenues cementerios.

Visto desde el océano ése que parece un arbolito
que fosforece y se apaga
como si lo fueran a lastimar
ése soy yo

mirando cómo
finalizaba el año, mi corazón y el mar.



EL HOMBRE VAMPIRO


Mira el mundo al revés.
Lo que está se ha ido. Lo que no existe, es.

Cuelga de su patíbulo
inverso
como un viudo,
oyendo los trinos
de los escalpelos de la razón,
padeciéndonos
con sus altísimas lágrimas.

"¿No ven que no es así?", suplica
con la soledad del último testigo.

No lo quieren escuchar.
Vencido
cae
      hacia arriba.
Como un caballero.


** Leopoldo Castilla, Guarán, Salta: Mundo Gráfico Salta Editorial 2012


miércoles, 3 de octubre de 2018

7 poemas de Westonia Murray




El saquito de té
Suelta su secreto
A altas temperaturas
Me podía quedar quieta
Viendo la pava hervir
Silbar unos minutos su llamado
Como en su momento oí
Mi escritura bullendo    Guardada
Lo que puede permanecer
Tanto tiempo al fuego
Tiene que ser poderoso.


-



En el cielo de principios de marzo
El viento movía la columna de humo
Del fuego encendido
Con madera mojada
No había nada que yo pudiera hacer
para ventilar mi corazón
Prendido a medias
Por amores débiles


-


No me tocó ser trovadora
Viajar y cantar mis canciones
Beber todo el día
Los versos llegaron mucho después
Que los amantes
Amigas    Quién puede hablar
a una sola tarde de inspiración?


-


Cincuenta años me tomó
Poner sobre la mesa mis amores
Y hablar   Digamos   De aquella axila
Llega un momento en que una
Debe contarse su vida
Y empezar    Por qué no
Por esta o aquella pequeñez



-


Te acordás   Te acordás
De los detalles?
Eso es lo que dicen
Estos poemas


-


Flores que duran una noche
Pelos de amantes
En la almohada

-


Miro la taza
El té se ha oscurecido
Fui feliz?




**Wstonia Murray, Biografía en los saquitos de té, traducción de Tom Maver, Editorial Llantén 2017

lunes, 1 de octubre de 2018

3 poemas de Tifanny Atkinson







Me preparaste el té
mientras sacudía el agua de la campera.
Te agachaste para entrar en la cocina,
pero manejaste las tazas como si hubieran sido
las fontanelas de dos hijos pequeños
cuya foto va calzada en las caderas de tus jeans 501.
Hablamos de- ¿qué? No mucho.
No ibas a saber cuánto me conmovió tu forma
de agarrar la cucharita,
de qué manera los tendones de tus manos anchas, adivinas
me dieron ganas de huir.

No hubieras sabido
cuando te inclinaste para cuidar una planta
que tu camisa se abrió apenas, como una sonrisa.
Separaste las hojas y arrancaste
un brote verde y diminuto. Mejor hacer eso
con los más nuevos, dijiste.
Pensé en la sal en el hueco
de tu brazo donde late una vena fina.
En cómo sería conocer
tus nudos, tus vetas, tu latido;
el crujido de las semillas de tu corazón.




EN ESTA

él viene del jardín desnudo
con una brazada de acelga.
El pelo enrulado hasta la clavícula, y tiene
aros, porque con cada movimiento algo
juega con la luz. Y no es
poca cosa, no. Es un hombre planetario. Su
piel tiene sol en el inconsciente, no como la
mía. Está silbando, brillante y abstraído.
Estoy segura de que no es de por acá.

Claro que yo no tengo jardín. Sin embargo,
un florero de lirios  tiñe el aire con un aroma
a leche derramada. Y a él le encanta conversar.
Aunque yo hable como un marido en una tienda de ropa,
no le importa. Podría gustarme él,
así las cosas. Y él sabría hacer margaritas
con los ojos vendados. Una vez pregunta, ¿en qué andabas
cuando te encontré esta mañana?
Estaba sólo escribiendo. Mirá. Una historia probable.


DESEO


Sus arpegios estrafalarios
y sus avatares. Roban
como moscas. El truco de los doce compases.
Para creer que me lo saqué de encima.

Meciéndome toda la noche en los bordes del sueño.
Y el corazón es un sucio desertor.



**Tiffany Atkinson, El hombre cuya mano izquierda pensaba que era un pollo, Traducción de Inés Garland y Silvia Camerotto. Ediciones Gog & Magog 2013 1ra ed.-

sábado, 8 de septiembre de 2018

3 poemas de Rodolfo Alonso




N.

Si yo te hubiera dicho: el corazón es una fruta enorme. Si te
hubiera cantado con estas palabras de descontento y de traición,
si hubiera abierto una sola de mis llagas, podrías hoy dormir a
mi costado.

Pero el cansancio espera y esto es mucho. La vida no da más de
lo que se le pide. Las distancias se agrandan o se rompen.

La tierra tiene un ritmo.




QUERER ES PODER

desnudos
ante la noche o la miseria

la mirada sangrante
hace la luz del día



OLOR A LLUVIA

El aire trae de pronto recuerdos del olvido
con sabor a horizonte, hierba húmeda y ausencia.
Color difuso y neto, casi como sin dueño,
máscara o habitante, límpidamente orgánico,
cargadamente etéreo. Espíritus, espíritu;
huellas de una memoria que gira en su vacío
repleto: fuegos, cuerpos, dioses, rastros, palabras.


** Rodolfo Alonso, 25 poetas argentinos contemporáneos, Ediciones Papiro, Fundación Sales, 2005, 1ra ed. Compilado por Osvaldo Svanascini.